
En el competitivo mundo del deporte profesional, donde el sacrificio y la dedicación son requisitos muy importantes para alcanzar el éxito y dejar un legado, las historias de superación personal suelen inspirar a muchos, a veces, incluso más que el propio talento y rendimiento de los deportistas.
En ocasiones, hay quienes trascienden más allá de sus logros en la cancha o sus estadísticas, dejando una huella que marca la diferencia para futuras generaciones y que marca un antes y un después. Un caso muy notorio fue el de Abby Bishop. Una jugadora de baloncesto australiana que, siendo muy joven, a los 23 años, y en un buen momento de su carrera deportiva, tomó una decisión que transformaría no solo su vida, sino también el panorama para las atletas que son madres en Australia.
Vamos a irnos hasta el año 2013, cuando Bishop se encontraba en uno de los momentos más dulces de su carrera, destacando tanto en la liga local como en la selección nacional de Australia, conocidas como las Opals. Estaba logrando lo que cualquiera sueña.
Era una joven promesa que prometía un futuro brillante en el deporte y estaba muy cerca de convertirse en realidad siendo una estrella, pero sus prioridades cambiaron de manera inesperada cuando decidió asumir la responsabilidad de criar a Zala, la hija recién nacida de su hermana. Un giro de 180 grados que le dio la vuelta al mundo de Abby.
De la noche a la mañana, la vida de jugadora australiana vivió un cambio radical: pasó de estar enfocada exclusivamente en sus objetivos deportivos a convertirse en madre.
“Adopté a Zala en el hospital cuando tenía apenas dos días”, recuerda Bishop con emoción, como ha dicho en varias entrevistas.
“No me arrepiento de nada. Sé que es lo que debía hacer en ese momento, y tanto ella como yo tuvimos mucha suerte”.
Fue un acto de valentía y amor incondicional por su familia, además de ser el inicio de un camino lleno de retos y desafíos que Bishop no tenía entre sus planes. Simplemente todo apareció de la nada en el horizonte de su vida.
No solo debía enfrentarse a las dificultades de la maternidad en el día a día, sino que también tuvo que lidiar con las políticas restrictivas de la Federación Australiana de Baloncesto. Un punto de inflexión para ella, ya que no le permitían estar con su hija en las actividades del equipo nacional.
Cuando Bishop quiso llevar a Zala con ella a las concentraciones de la selección, se topó con una negativa rotunda y muchos problemas. La Federación se escudaba en que no estaban preparados para lidiar con la presencia de hijos durante los entrenamientos y mucho menos en los torneos internacionales. Por lo que la situación dejó a Abby en una encrucijada.
Por una parte, como es normal, quería seguir compitiendo al más alto nivel y defendiendo los colores de su país, pero por otro, se negaba a separarse tanto tiempo de Zala, ya que esa pequeña niña era su prioridad por encima de todas las cosas.
«Me dejó alucinada hasta el punto en que tomé una posición y decidí renunciar. Siempre he sido de esas personas que ponen a todo el mundo por delante de mí, y eso hice cuando me pronuncié contra la política parental”.
Renunciar a la selección nacional no fue una decisión fácil y seguramente se le pasaron muchas cosas por la cabeza. Para cualquier deportista de élite, representar a su país es un honor, un sueño y un privilegio. Pero Bishop lo vio de otra manera y comprendió que su sacrificio podía significar un cambio fundamental para las generaciones futuras de jugadoras. Quería acabar con esa política parental de la federación y que otras mujeres no vean afectadas sus carreras por ser madres.
“No lo hice por mí, porque sabía que en ese momento no me iba a beneficiar, pero era importante para el futuro. No lo hice por reconocimiento; no recibo ningún reconocimiento. Pero miro a todas las mamás que están cosechando los frutos de mi sacrificio y me hace feliz”.
El acto de renunciar no solo fue un gesto de valentía y de grandeza como ser humano, sino también una poderosa llamada de atención a la Federación y al mundo del deporte femenino en general. Ya que no olvidemos que muchas federaciones o clubes están gestionadas por hombres que quizá no son capaces de ponerse en la piel de las jugadoras.
Lo que decidió hacer Abby creó un debate sobre un tema que, hasta entonces, se había ignorado en las altas esferas del baloncesto australiano. No se había creado una estructura que le diera derecho a las atletas madres a conciliar su vida profesional con sus hijos.
La acción de Bishop generó un cambio de mentalidad muy significativo en el baloncesto australiano y, con el tiempo, la política de la Federación se adaptó para ser mucho más inclusiva en ese aspecto.
Hoy en día, las jugadoras que son madres pueden tener a sus hijos con ellas en las concentraciones y entrenamientos sin tener tantos inconvenientes, y esto se debe en gran parte a la lucha de Abby.
“Si no hubiera tomado esa posición y dejado la Selección, entonces las cosas probablemente no habrían cambiado”.
Aunque para ella la renuncia significó perder la oportunidad de competir con las Opals en eventos internacionales de gran relevancia y seguir aumentando su estatus como deportista, el impacto de su sacrificio va más allá de las medallas y los títulos. Logró algo más grande.
Ahora, muchas jugadoras, tanto en la WNBL (Liga Nacional de Baloncesto Femenino de Australia) como en la selección nacional del país, pueden continuar sus carreras sin tener que elegir entre ser madres o deportistas. Ya que normalmente existían dos opciones: ser madre joven pero con problemas en su profesión o adelantar su retirada deportiva para poder ser madres.
Hay que tener en cuenta que Bishop no solo cambió su vida personal al convertirse en la madre de Zala, ella también cambió su realidad y transformó la forma de pensar de los dirigentes del baloncesto femenino australiano.
“Es algo de lo que me siento extremadamente orgullosa porque fui la fuerza iniciadora de ello. Me hace muy feliz ver a otras mujeres seguir haciendo su trabajo con sus hijos”.
Estas palabras no solo reflejan su satisfacción personal por lo logrado, sino también su esperanza de que su historia inspire a otras deportistas a alzar la voz por sus derechos y ser parte del cambio que necesita la sociedad para que las mujeres encuentren un lugar más seguro en los deportes.
Sus sacrificios durante años no fueron en vano, y hay que decir «GRACIAS, ABBY». Gracias a ella, las atletas que también son madres en Australia ahora pueden combinar ambas facetas de sus vidas con mayor libertad y disfrutar de ambas. Gracias a Bishop el mundo es un lugar un poquito mejor.
Imagen vía Townsville Bouletin